Cada mechón de mi pelo lleva su propio camino, aunque todos se mueven a una al ser mecidos por el viento. Tengo esa sensación de libertad plena que solo me produce este deporte. Siento como mi corazón acelera su ritmo y las pulsaciones van a más y a más, como si no pudieran detenerse. Un pinchazo empieza a hacerse notable en mi tobillo. A la vez que mi pulso, el dolor va subiendo, imposible de parar. Sin embargo no me detengo, quiero saber hasta dónde soy capaz de llegar. Quiero conocer mi límite.
La velocidad aumenta, mis piernas se mueven más rápido que nunca. Aún así el dolor me frena, me va quitando posibilidades y sin quererlo, paro con un golpe seco que me corta la respiración unos segundos. Me doble y apoyo las manos sobre las rodillas. Doy grandes bocanadas de aire. Estoy exhausta. Presto tanta atención a no caerme que no me doy apenas cuenta de que el dolor al fin ha cesado.
Levanto la cabeza con un movimiento lento cuando empiezo a notar pequeñas gotas que caen sobre mi cabeza, incansables. A la vez, el viento que antes levantaba mi pelo se vuelve más fuerte, como si deseara tirarme con rabia. Me refugio en un portal cercano y examino la zona. Me he desviado bastante de mi camino original, debido a la larga carrera recorrida. Miro de un lado de la calle a otro y reconozco el portal de Eva. Decido probar suerte y llamar, al ver que la lluvia no tiene intención de parar.
*riiiiiiiiiing, riiiiiiiiiing*
5 minutos. 10 minutos.
*riiiiiiiiiiiing, riiiiiiiing, riiiiiiiing*
Desisto de llamar más y cuando voy a buscar el camino de vuelta a casa, la puerta se abre con un chirrido desagradable para mis oídos. Me meto dentro con toda la rapidez que me permite mi ropa empapada. Entro en el ascensor con desgana, nunca me han gustado. Demasiado estrechos. Demasiadas posibilidades de que pase algo. Dentro, un niño que va a bajar me mira con curiosidad, y recuerdo esos momentos en los que las ganas de saberlo todo ocupaban los míos. Pero, de una manera u otra, aprendes que a veces es mejor no saber nada.
-¿Eva? ¿Hola?-Pregunto al llegar.
-¿Paula? ¿Eres tú?
La voz me llega desde el fondo de la casa en la que tantas veces he estado. Sigo su procedencia y llego hasta el cuarto de mi amiga. Todos sus muebles, desde la cama hasta el gran armario que preside la habitación, están recubiertos con un plástico transparente. Eva, por su parte, va vestida con un mono vaquero y un gracioso pañuelo en el que están recogidas sus dos trenzas. Pincel en mano, viene a saludarme con una sonrisa.
-¿Se puede saber qué estás haciendo?-Le digo sin evitar soltar una carcajada.
-Sí, sí, tú ríete, ya verás lo bien que va a quedar esto-mira a su alrededor contemplando su "obra maestra" y añade:-cuando esté acabado.
-Claro, cuando esté terminado, pero por ahora esto es un desastre.
Echo un vistazo a su habitación y veo un bloc enorme en el que hay unos bocetos de extraños dibujos. No consigo descifrar lo que significan. Parecen flores. O quizá animales. O puede que simplemente estén hechos al azar. Eso es, sin duda, algo que Eva y Lucía comparten, su pasión por el arte. Yo, sin embargo, no pasé de hacer soles en la esquina de la hoja cuando era pequeña.
-Así quedará. ¿Te gusta?
Coge el bloc que estaba mirando y lo pone delante mío, de manera que veo la pared blanca detrás. Poco a poco me imagino los colores que querrá utilizar, el lugar en el que irá cada mueble, cada dibujo. Perfecta armonía.
-Es impresionanre Eva, en serio-y lo cierto es que es verdad, no puedo contener mi asombro cada vez que me enseña algo así-.
Un 'gracias' sale de su boca como en un susurro. A pesar de que sabe lo bien que se le da esto, sigue sin buscar reconocimiento.
-Bueno, ¿qué tal? ¿Qué haces aquí? ¿Y esas pintas?
-Estaba corriendo y ha empezado a llover... ¿Tan mal voy?
-Mal, mal... no. Digamos que aunque me pintara de arriba abajo metiendo las manos en ese cubo de pintura, estaría mejor que tú.
Dicho lo cual sale corriendo. La persigo por toda la casa gritando cosas que ni yo misma entiendo. Al final las dos caemos rendidas en el sofá, pero las risas no cesan, y tengo miedo de caerme, lo que me produce aún más carcajadas. Al cabo del tiempo nos quedamos las dos en silencio. Mi mirada está pedida en una ventana que está entreabierta. Uno, dos, una rama choca contra ella. Uno, dos, otro más. Uno, dos, el sonido se repite.
-¿En qué piensas?
Sus palabras me traen de vuelta a la realidad y parpadeo un par de veces.
-Mmmm... en nada.
-¡Ay! Lo había olvidado, Lucía me había dejado una nota por si hablaba contigo, espera.
Eva se levanta del sofá y corre hacia su habitación dando saltos como una niña pequeña. No me muevo, ni siquiera contemplo esa posibilidad. Me quedo mirando al vacío, pregunándome qué querrá decirme..
Bueno, primero quería decirte que gracias por venir hasta aquí. Seguramente no sepas que mi sueño es escribir, escribir de verdad, así que creo que esto es un pequeño paso para conseguirlo. Sé que no tengo nada especial para poder lograrlo, pero tengo claro que no será por no intentar hacerlo. Si no quisieras leerlo, bueno, gracias de todos modos y si sí, te estaría realemente agradecida. Así que... EMPIEZA A SOÑAR.
miércoles, 23 de octubre de 2013
viernes, 3 de mayo de 2013
16.
Primero, quería agradecer a todos los que lean esto depués de tanto tiempo que llevo sin subir, muchas gracias, en serio. Creo que lo he hecho más largo de lo normal, por todo el retraso. Si lo leéis, dejadme vuestra opinión aquí o en Twitter (@Luupeto), por favor. A leer :)
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No sé qué hacer, ni
qué sentir. Pero eso es lo que menos me preocupa en ese momento. Lo peor,
sin duda, es que no sé qué decir.
¿Sabéis esos silencios que se te hacen eternos? ¿Esos silencios tan incómodos?
Pues digamos que es algo así, aunque hacen apenas unos minutos que hemos
entrado en la cafetería.
Lucía tiene los ojos
rojos, y bastante hinchados, había intentado taparlo con maquillaje, pero eso no
fue nunca su fuerte. Me sentía mal, ¿había llorado por mi culpa? No, yo en
ningún había querido eso, nada más lejos de la verdad. Bueno, puede que en
algún momento hubiera tenido pensamientos no demasiados buenos, pero no eran de
verdad, o eso pienso.
Los segundos se
suceden los unos a los otros, pero lenta, muy lentamente. Mi respiración se
acelera, y no entiendo el motivo de que esté tan nerviosa. En ese momento
siento una mano sobre la mano, y reacciono casi al instante. Marcos me está llamando,
y al parecer, desde hace un buen rato. Me giro instintivamente hacia él y contemplo
su preciosa sonrisa.
-Eh, Paulita, voy a
por algo para beber, ¿quieres algo?
-¿Cómo? ¿Eh? No, no gracias,
estoy bi-bien-consigo decir al fin-.
Marcos se va y la
situación empeora, Lucía me mira a los ojos, como rogándome que me digas algo, pero
lo cierto es que no tengo idea. Noto pequeñas lágrimas caer por mis mejillas
rápidamente, haciendo una especie de carrera por llegar hasta abajo. Ni
siquiera sé por qué lloro, pero en ese momento no busco respuesta a por qué las
cosas son como son, sólo puedo llorar. No espero nada, así que agacho la cabeza
y la apoyo sobre los brazos, de modo que no me puedan ver la cara.
Pero al poco rato
siento unos brazos que me rodean, y unos labios sobre mi oído. Pienso que es
Marcos, que al haberme visto así, habrá venido. Pero la dulce voz que oigo no
es suya. Es esa voz que tantas veces he oído, esa voz que tanta tranquilidad me
ha dado siempre. Lucía.
-Paula… lo siento…
por todo…-Noto como la voz se le quiebra y deja de hablar-.
-Lo siento Lucía,
ahora no puedo, lo siento de verdad-Me levanto sin ni siquiera mirarla a los
ojos, realmente soy incapaz de hacerlo-.
Salgo de la
cafetería sin esperar su reacción, sin esperar a Marcos, nada, no quiero, pero
más que eso no puedo. Empiezo a caminar mirando al suelo, y viendo como las
lágrimas que caen sobre la calle dejan huella en ella. ¿Por qué las cosas son
así de repente? Era ayer cuando cumplía 15 años y mi mejor amigo me mandaba un
mensaje, cuando las brujas esas me decían ese tipo de cosas y mi mejor amiga me
defendía. Cuando conseguí desvelarle todo lo que sentía al que yo pensaba como ‘el
amor de mi vida’.
¿Por qué ha cambiado
todo tanto en cuestión de horas? No veo nada bueno, no veo luz al final del
túnel, no veo la posibilidad de que algo salga bien después de eso. Una idea
pasa por mi cabeza un momento, pero en seguida me doy cuenta de la tontería que
acabo de pensar. No, esa no es si quiera una opción posible.
No me he dado
cuenta de todo lo que he andado cuando me paro y no reconozco esa zona. Saco el
móvil que había mantenido apagado y veo como se enciende poco a poco. Hay una
llamada perdida de Eva y una llamada entra en ese mismo momento, no doy tiempo
a que la música siga sonando y lo cojo.
-¿Si?-Yo misma me
sorprendo de lo entera que parece mi voz.
-¡Paula! ¿Dónde estás?
Se le nota
preocupado, quizá no tendría que haberme ido de esa forma, tendría que haberle
dicho algo antes.
-Emmm… pues… La
verdad es que no lo sé, Marcos. Pero no te preocupes, estoy bien, me iré a casa
ahora.
No le doy tiempo a
responder, sino que cuelgo y apago el móvil de nuevo. No tengo ganas de nada,
ni de hablar con él. Y en ese momento me doy cuenta de que eso es lo único
bueno que el universo me ha dado en el último día, él, Marcos. Llego una parada
de autobús y reconozco el que siempre uso para ir a casa de Eva, es decir, que
me deja cerca de casa. No tarda demasiado en llegar y cuando lo hace camino
hasta el final, de espaldas a todos y me siento. Cojo el móvil de nuevo, pero
no me molesto en mirar los mensajes de Marcos que suman seis. Conecto los
auriculares y pulso la opción de reproducción automática, y la voz de Taylor Swift
llega a mis oídos. La melodía es lenta, simplemente perfecta…
‘I’m not a princess, this ain’t a fairy tale’
Esa frase, ese estribillo
infinitamente perfecto. Canto la canción en un susurro mientras soy consciente
de todo. Una señora mayor se sube en la parada siguiente y se sienta a mi lado. Tiene pinta de tener unos sesenta
años, y tiene la típica sonrisa de alguien que ha vivido mucho pero no recuerda
todo. Solo falta una parada para llegar a la mía, así que me pongo de pie y voy
hacia la puerta intentando no caerme.
-¿Por qué has
llorado?
-¿Disculpe?-Me quito
los auriculares y miro de nuevo a la señora.
-Decía, que por qué
habías llorado.
-Eh… No, no he
llorado…-Digo mirando al suelo.
Paula, eres tonta,
¿desde cuándo se te ha dado bien mentir? La señora suelta una sonora carcajada
y me mira con ternura, todo esto es muy raro.
-Cuando has vivido
tanto tiempo como yo, aprendes que las lágrimas se notan después de haberlas
derramado, pero que, en cambio, nadie se da cuenta de cuando has sonreído. Solo
te digo, que las cosas no duran tanto como crees, disfrútalas.
Llego a mi parada y
bajo después de agradecerle a la señora su consejo. Aún sigo extrañada con lo
que me ha dicho, y sobre todo, por qué lo ha hecho. Subo a casa y compruebo que
no hay nadie, tanto en mi casa como en la de en frente. Voy a mi habitación y
me cambio rápidamente. Me ato las zapatillas y salgo en menos de diez minutos.
Aquella es mi
verdadera pasión, lo que me llena, lo que me hace sentir libre. Todos esos
sentimientos que se juntan en una sola palabra, correr. Salgo a la calle y
recorro el mismo camino que siempre, hasta llegar a una gran parque, no hay
mucha gente, lo cual agradezco, y empiezo mi liberación.
No tengo una dirección
fija, solo corro hacía donde el corazón y mis sentimientos me mandan. Pero eso
es lo que me hace sentir bien, lo que me hace sentir yo. Y por un momento, me
siento feliz y sonrío. Esa señora tenía razón, tengo que aprovecharlo todo al
máximo, porque de una manera u otra, todo se acaba.
jueves, 28 de marzo de 2013
15.
Salimos del bar y comenzamos
a caminar en silencio. Siento la mano de Marcos con la mía, encaja a la
perfección, como si fuera un puzle hecho para ser así. Noto que mi tensión
aumenta según se acerca ese lugar en el que tantas veces he quedado con ella.
Es una cafetería un poco apartada del ruido del centro, que no es muy conocida.
Sin embargo para mí es un lugar mágico. La primera vez que fuimos allí, fue
como si el destino nos hubiera querido llevar.
Era el primer día de instituto y no conocía a
nadie. Me senté en la última fila, al lado de la ventana. Empezó la clase de
presentación y nadie se había sentado a mi lado, aunque yo no le daba mucha
importancia. Habían pasado veinte minutos cuando llamaron a la puerta. Una
chica bajita, morena y con las puntas sutilmente rubias, entró en la clase con
una mochila a la espalda, ¿por qué la habría traído? Recuerdo que me pregunté a
mí misma.
-Vaya, buena manera de empezar el curso
llegando tarde el primer día. Dígame su nombre, señorita.
-Lo siento, he tenido problemas para llegar.
Soy Lucía, Lucía López.
-Está bien, no tiene
que darme explicaciones, simplemente que no se vuelva a repetir. Siéntese.
Lucía miró por toda la clase, hasta que vió
que el único sitio vacío era el de mi lado. Con una sonrisa en la cara vino
hacia mí. Yo no sabía cómo actuar, nunca se me había dado bien eso de conocer a
gente, ni nada por el estilo. Menos mal que ella era todo lo contrario a mí.
-Hola, soy Lucía, encantada-dijo aún
sonriendo-.
-Hola, yo soy Paula-le contesté intentando
mirarla a los ojos-.
Nos callamos y seguimos atendiendo lo que el
profesor decía. Diez minutos más tarde vi como Lucía sacaba lo que me pareció
ser un bloc de dibujo de la mochila que traía consigo y unas pinturas. Lo
cierto es que no parecía muy por la labor de seguir haciendo caso.
Comenzó a trazar líneas sencillas, unas para
arriba, otras para abajo y en diferentes direcciones. Pero había algo que hacía
que me quedara embobada mirando la hoja, era como si lo hiciese sin esfuerzo,
como si esas líneas salieran de su interior. Cuando el dibujo estuvo un poco
adelantado pude adivinar que se trataba de un puente bajo el que se encontraba
un precioso lago.
-¿Te gusta?-Me preguntó Lucía con una nota
musical en la voz, al parecer le hacía gracia que la viera observándome.
-¿Eh?-Me sobresalté y mis mejillas comenzaron
a arder cuando reparé en que me había descubierto.-S-sí… La verdad, es que
me-me encanta.
-Muchas gracias-dijo sonriéndome, obviando mi
tartamudeo.-Es que acabo de ver este sitio, por eso he llegado tarde, me
hipnotiza… Quería pintarlo allí pero luego me he dado cuenta de que tenía que
venir y bueno, aquí estoy. Me alegro de que te guste.
-Eh, ustedes, las de la última fila, sé que
las clases introductorias no son demasiado interesantes, pero cállense-nos dijo
el profesor.
Lucía y yo nos lanzamos unas miradas
cómplices, que sin saberlo, eran el comienzo de algo grande. Cuando la clase
terminó, seguimos hablando sobre sus dibujos. Me enseñó algunos y ciertamente
eran fascinantes. Empezamos a andar, casi sin darnos cuenta de la dirección que
tomábamos, cuando empecé a sentir gotas caer sobre mi cabeza.
-Lucía, está lloviendo, y, ¿dónde
estamos?-Dije asustada, mirando a mi alrededor.
-Bah, tranquila, ya parará. Pues creo que
estamos en…
No le dio tiempo a acabar cuando comenzó a
caer agua con fuerza sobre nosotras, corrí a esconderme debajo de un toldo
cuando vi a Lucía bailando en medio de la calle desierta. La escena me pareció
cuanto menos cómica y empecé a reírme de la ocurrencia de mi nueva amiga.
-Corre, tonta, diviértete-me dijo dándome la
mano para que bailara con ella.
Empezamos a hacer el tonto como unas niñas por
la calle hasta que llegamos a una cafetería que no había visto nunca. Estábamos
demasiado mojadas como para entrar, pero la camarera de la tienda nos invitó a
usar el baño para que pudiéramos secarnos. Pasamos el resto de la tarde allí,
comiendo algo y hablando hasta que terminó de llover.
Justo cuando termino de recordar aquel día,
llegamos a la puerta. Veo a Lucía sentada de espaldas en la mesa que siempre
compartíamos, no deja de mover las piernas, por lo que entiendo que está nerviosa.
Algo dentro de mí también está nervioso, y no muy seguro de que eso sea lo
correcto. En un momento de pánico pienso en irme de allí, pero al segundo me
doy cuenta de que eso no estaría bien.
-Eh… Paulita, tranquila, ¿vale?
Casi ni me acordaba de que Marcos está aquí
conmigo. Me gira delicadamente, pegando su frente a la mía mientras me mira a
los ojos. Luego me da un dulce beso en los labios y entramos en la cafetería.
-Hola…-digo al tiempo que nos sentamos en
frente suya.
(Siento haber tardado más de un mes en subier esta parte, no sé si alguien se acordará ya, ojalá que sí. Si lo leéis por favor decidme que os ha parecido por aquí o por Twitter, significaría mucho para mí. Gracias.)
viernes, 22 de febrero de 2013
14.
Al día siguiente me despierto al mismo
tiempo que intento cantar la canción que me avisa de que tengo que levantarme.
Esa noche había decidido poner una canción como alarma que me diera ánimos para
afrontar mejor el día, para prepararme para todo lo que pudiera pasar, una
indirecta propia para intentar cambiar. Así que cuando llega al estribillo,
canto al compás con las voces que escucho… ‘Change, change your life, take it
all.’ Y siento ganas de llorar cuando oigo como en un suspiro ese: ‘You’re not
alone.’ Y decido repetírmelo a mí misma un par de veces, no, no estoy sola, no
lo estoy. Aunque ese es uno de los momentos en los que más sola me he sentido
nunca.
Apago la alarma y me levanto de la cama. Cojo
el móvil de nuevo y releo el mensaje de Lucía a la que aún no he contestado, no
sé qué hacer. Una parte de mí realmente quiere ir, que le cuente lo que pasa y
arreglarlo, pero otra odia que se me pasen tan rápido los enfados, que debería
mantenerme fuerte más de una vez.
Pienso en
quedarme en casa todo el día y rechazar la oferta de Lucía, pero ya que
me he despertado no voy a desaprovechar la oportunidad de vivir un nuevo día.
Me visto con lo primero que veo y salgo a la calle. Le dejo una nota a mi madre
diciéndole que he ido a dar un paseo y que volveré para comer. A penas son las
diez y no tengo demasiado claro si aceptar lo que Lucía me ha dicho, aún tengo
dudas.
Entonces se me ocurre una idea. Cojo el
teléfono y marco su número. Suena un par de veces y voy a colgar cuando me
llega una voz amable al otro lado de la línea.
-¿Sí? ¿Quién es?-Me dice una voz femenina.
-Eh… Perdone, creo que me he equivocado.
-Espera, ¿estabas buscando a Marcos? Soy su
madre.
-Oh, sí…
Lo estaba buscando a él, ¿se puede poner, por favor?
-Lo siento, está ocupado. Hoy le toca cantar
en el bar, pero si quieres puedes venir a hablar con él, acabará enseguida-dice
con esa voz dulce que me recuerda demasiado a la de Raquel, la madre de Lucas,
menuda casualidad, ¿no?-.
¿Qué hago? Me quedo callada durante un largo
rato, hasta que al final acepto. Me dice la dirección y compruebo que no me
pilla lejos del sitio en el que estoy. Con forme voy acercándome al lugar empiezo
a sentir nervios, quizás esas mariposas de las que habla la gente, pero es que
realmente me hace ilusión verle cantar.
Llego a la dirección indicada y abro poco a
poco la puerta. El bar está casi vacío y un hombre me indica el camino que sigo
para llegar al comedor interior. Las luces no están a máxima potencia y hay un
silencio absoluto. En ese momento, unos focos se encienden enfocando a un
pequeño escenario en el que apenas había reparado, veo a Marcos en un taburete
con un micrófono en la mano, mirando al infinito. Me siento en una de las mesas
de la parte trasera y comienzo a escuchar.
‘Mmmm… Yeah… Do, do, do, do… Oh… Yeah… Gotta
change my answering machine, now that I’m alone, cuz right now it says that we
can’t come to the pone, and I know it makes no sense cuz you walked out the
door, but it’s the only way I hear your voice… anymore…’
No soy capaz de describir lo que estoy
oyendo, su voz me atrapa como si de una maldición se tratara, solo que esta me
lleva a un paraíso, a un mundo increíble del que no quiero salir. La voz que sale de los labios de Marco roza la
perfección, por no decir que la consigue. Entrecierra los ojos un poco y pone
emoción en cada palabra que dice. Estoy embobada mirándole y oyendo esa
increíble melodía que no me doy cuenta cuando termina de cantar. Noto que
alguien me llama y salto en mi silla.
-Hola Paulita.
-¡Marcos! Ha sido… Tú eres… De verdad, que…-no
consigo coordinar palabra, o al menos encontrar una que llegue a definir todo
lo que acabo de oír.
-¿Tan mal lo he hecho?-Dice mirando al suelo,
al parecer algo avergonzado.
-¿Mal? ¿Estás bromeando, no? ¡Ha sido una
pasada!-Le digo emocionada.
-Vaya… Pues me alegro de que te haya gustado
tanto.
-Sí, me ha encantado. La canción no la había
escuchado nunca, pero es preciosa.
-¿Nunca la habías escuchado?
Pero, ¿qué música escuchas tú? No me digas que te gustan esas canciones que dan
dolor de cabeza-dice entre risas-.
-¿Qué? No, no, la verdad es que odio ese tipo
de canciones. Yo soy más de…
-¿De qué? Va, dímelo,
-No, te reirás.
-¿Qué pasa? Te prometo que no me voy a reír,
de verdad, va dímelo-me suplica con esos ojos azules, que me dejan embobada de
nuevo-.
-Taylor Swift. Me
encanta Taylor Swift-digo mirando al suelo-.
-¿Y qué hay de malo
en eso? Hay un par de canciones suyas que me gustan, tiene mucho talento.
-La gente suele
burlarse de mí por eso, porque me guste… Por eso me da miedo decirlo, no
soporto que me digan cosas, soy muy débil.
-No seas tonta. Esa
gente no entiende que sus canciones pueden llegar a hacerte sentir de otra
manera, sentir libre, creer en tus sueños y sobretodo en ti misma. A mí me pasa
con las de Coldplay.
-¿Te gusta Coldplay?
Nos pasamos el rato hablando de música. Y una
cosa con otra, Marcos me cuenta como decidió que quería cantar, que esa era su
verdadera pasión y no puedo evitar mi asombro ante lo que me cuenta, se nota que lo que siente
hacia la música es un sentimiento único y puro.
Miro el reloj de pared que hay en el bar y
compruebo que son las once menos veinte. Entonces algo en mí se activa de
repente, como si hubiera elegido de antemano mi decisión.
-Marcos…-Le corto en medio de una frase.
-Dime.
-Verás, antes te he llamado porque bueno…
Lucía me mandó un mensaje ayer diciendo que quería verme hoy, para contarme
todo y bueno…
-Venga Paula, suéltalo.
-Te quería pedir que vinieras conmigo…-Digo
sin mirarle a los ojos.
-Por supuesto que sí.
viernes, 8 de febrero de 2013
13.
Marcos y yo llegamos corriendo a una parada
de autobús, y subimos al primero que llega, sin ni siquiera mirar cuál es o a
dónde nos va a llevar. Vamos hasta la parte de atrás y nos sentamos en los
primeros asientos que vemos libres.
-¿Estás seguro de que este bus nos lleva a
mi casa?-Le pregunto con un poco de pánico, siempre he tenido ese miedo tonto
de acabar en la otra parte de la ciudad y no saber cómo volver.
-¿Conoces ese dicho de que todos los caminos
llevan a Roma? Pues todos los autobuses llevan a tu casa-me dice riendo-.
-Buf, te odio-digo sin poder reprimir una
sonrisa-.
-Sé que no me odias, que en el fondo, aunque
sea muy en el fondo, sientes algo bonito por mí. Y no pararé de gritarlo hasta
que lo digas.
Pienso que está loco, que no es del todo
normal, o que le falta algo en esa cabeza. Me gustaría saber que está pensando
en algunos momentos, qué siente y por qué hace cada cosa que hace. Como ahora,
¿enserio va a gritar? No, no será capaz, en verdad sabes que solo lo dice para
que le digas algo, que no va a gritar ni a hacer ninguna tontería.
Pero entonces… ¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¿Qué es
eso? No consigo entender lo que dice. Me giro hacia la derecha y veo a Marcos
medio levantado gritando como un loco. ¿Pero qué hace? La gente nos empieza a
mirar de mala manera, y eso me incomoda mucho. Noto como mis mejillas arden y
me imagino lo roja que debo estar. ¿Qué hago para que se calle?
-Marcos, calla por favor, Marcos…-Pero lo
único que consigo es que grite aún más fuerte.
Sigue gritando cuando yo me tapo la cara con
las manos, aunque sigo notando sus miradas clavadas en mí y en el demente que
tengo al lado. Entonces los chillidos cesan y oigo una voz suave en mi oído: ‘Ya
está, ya me callo, ¿ves? Pero, ¿te puedo pedir una cosa? Le miro a los ojos
intentando adivinar lo que quiere, cuando veo que uno de sus dedos está sobre
sus labios, y casi instintivamente, me acerco a ellos como por un impulso.
Vuelvo a experimentar esa agradable sensación
de hace un momento, y no quiero que se acabe. Entonces noto un leve cosquilleo
en mis labios e imagino que debe estar diciendo algo en ellos, si es que eso
puede hacerse. Intento descifrar lo que dice, pero no entiendo nada, así que se
separa y empieza a dibujar en la ventana, pero no me deja ver lo que pone.
-Ven, esta es nuestra parada-me dice
cogiéndome la mano-.
Bajamos del autobús y Marcos empieza a
correr hacia él de nuevo. ¿Qué se supone que hace? Aún estoy cogida de su mano,
así que yo voy detrás. El bus se para y me pone enfrente de la ventana en la
que estaban nuestros asientos. Los ojos se me humedecen y me giro casi al
instante. Mientras, el bus se va con la promesa de un enamorado, de alguien que
ha encontrado lo que siempre andaba buscando. Con un precioso: ‘Yo nunca te
haré daño.’
Caminamos hasta llegar a mi puerta. Es raro,
pero siento que no ha pasado apenas tiempo desde que hemos estado allí esa
misma tarde, pero es obvio que muchas, muchísimas cosas han cambiado. Me
despido de Marcos, prometiéndole antes que le llamaré a la mañana siguiente.
Antes de marcharme escaleras arriba, le doy un beso y corro sin mirar atrás,
como la primera vez.
Subo las escaleras a la carrera, quizá por la
adrenalina del día, por las experiencias vividas, por todo lo que he podido
aprender o con eso de, de los errores se aprende, no sé, solo sé que en ese
momento estoy eufórica. Llego a la puerta de casa y llamo dos veces al timbre.
Sin girarme, haciendo como si la puerta del otro lado del pasillo no existiera.
Mi madre abre, y casi al instante me abraza.
Noto algunas lágrimas en mi hombro y empieza a decir cosas en un susurro. ‘Hija,
por fin estás aquí. ‘Estaba muy preocupada. ‘No vuelvas a hacerme esto.’ Y
cosas por el estilo.
Entro en casa y veo a Alex, el padre de
Lucas, a Raquel, su madre y a él, sentados en el sofá. No puedo apartar mi
mirada de la suya, que parece que me desafíe, que espere que diga algo para
meterse conmigo, una mirada que nunca antes había visto en él.
-Paula, cariño, ¿estás bien?-Me dice Raquel
con esa voz tan dulce.- Lucas nos ha contado que ha ido al hospital pero que no
ha podido hablar contigo, que ya te habías ido o algo así.
¿Así que eso es lo que ha dicho? En verdad, no
debería sorprenderme, después de todo lo que he podido ver hoy de él. Algo así
como un, ‘Sí, pero ya estoy mejor, adiós.’, sale de mi boca, antes de que me
dirija hacia la puerta de mi habitación. Ese es el último lugar en el que
quiero estar. Sé que luego vendrá mi madre, diciendo que había sido maleducada
al irme de allí, pero en ese momento no es que me importe demasiado.
Me tumbo en la cama antes de cerrar la
puerta del todo. Cojo el móvil y me sorprendo al ver 12 llamadas perdidas de
Lucía. También hay un mensaje suyo, pienso en no abrirlo, en no darle la
ocasión de explicarle, pero no sería justo y además, la curiosidad me puede. Y
leo:
‘Paula, puede que no leas esto, pero tienes
que dejar que me explique. No sabes lo que han sido estos años oyéndote hablar
tan bien de Lucas, decir lo maravilloso y lo bueno que era contigo, y supongo
que algo comenzó a crecer en mí. La envidia de que tú tuvieras esa conexión tan
especial con alguien. Y supongo que poco a poco fui enamorándome de Lucas, a
pesar de estar siempre en un segundo plano para él. Y hoy cuando por fin os
habéis decidido a empezar algo me he dado cuenta de que yo no soy nada ni nadie
ahí, pero esta tarde, cuando me ha llamado, solo he pensado en ir a sus brazos.
Entiendo que estés muy molesta conmigo, porque lo hice mal. Pero te suplico que
me perdones, me he dado cuenta de que sin ti no soy la misma. Me gustaría verte
mañana y que hablemos de esto. Si quieres dejar que te lo explique todo mejor,
ves a donde siempre a las once. Te esperaré lo que haga falta. Lucía.’
viernes, 1 de febrero de 2013
12.
Poco a poco nos separamos, pero nuestras
frentes se quedan juntas, pegadas, haciendo que tenga que mirarle a los ojos,
pero, por alguna extraña razón, esa vez no me incomoda como de costumbre. No sé
qué decir, o qué hacer, solo quiero congelar ese momento y guardarlo en mi
cabeza, o simplemente, dejar que no pase nunca. Noto su aliento fresco cerca de
mi boca, y siento la tentación de volverle a besar, pero no sé si eso estaría
demasiado bien. Veo que sonríe, lo que hace que yo lo haga también, como inconscientemente.
Entonces, cada recuerdo de aquella tarde, de
aquel horrible o perfecto día, según se mire, desaparece, vuela de mi mente y
en ese momento solo existe él a mi lado. Mil preguntas llegan a mi cabeza. ¿Qué
haces Paula? ¿Por qué besas a un chico al que apenas conoces? ¿Desde cuándo vas
besando así por así? Es más, ¿desde cuándo besas a chicos? Pero prefiero no
buscar respuestas, simplemente vivir ese extraño momento, ese sueño del que no
quiero despertar.
-Paula… ¿estás bien?-Dice Marcos sin apartarse
de mí, casi en un susurro imperceptible.
No le respondo, simplemente me quedo
mirándole a los ojos, y empiezo a sonreír como una tonta. ¿Qué hago ahí? Vivir,
claro que sí, sin pensar en nada más que en ese instante y cuando por fin me
doy cuenta, hago lo que he querido hacer desde que él ha separado sus labios de
los míos, vuelvo a juntarlos. Noto que sonríe, pero que enseguida corresponde a
mi beso.
-Sí, estoy bien, muy bien-le digo cuando me
separo de él al fin.
-Gracias.
-¿Gracias? ¿Por qué?-Que
me dé las gracias me da risa, ¿por qué lo hace?
-Por haber ido a ese
parque, por haberte sentado en ese banco, por ser tan preciosa. Gracias por
cruzarte en mi camino, Paulita.
Me quedo sin palabras. ¿Cómo puede decir cosas
tan bonitas, así, sin más? Le cojo de la mano y corro sin saber muy bien a
donde, solo me dejo llevar…
En la salida del hospital, narra Lucía.
Vemos como Paula y ese chico salen corriendo,
y sin saber cómo, las lágrimas empiezan a salir disparadas de mis ojos. Yo no
quería que pasara todo eso. No. No era mi intención. Lucas me había dicho que
de verdad ya no había nada entre ellos, y yo como una idiota me lo creí. Solo
quería que alguien me apreciara, y vale, quería que ese alguien fuese Lucas. Es
difícil admitirlo, admitir que llevas tanto tiempo enamorada de él, de alguien
inaccesible. Desde que lo vi por primera vez y Paula me habló tan bien de él,
lo supe, le quería. Pero estaba ella, y tenía claro que no expondría mi amistad
por un chico. Pero ahora me sentía como una verdadera tonta, solo me había
utilizado, no había significado nada, absolutamente nada, para él.
-Bueno, vámonos-me dice Lucas con una voz
fría, como distante-.
-¿Qué te pasa?
-¿A mí? Nada. Eres tú la que te has puesto
tan sentimental con esa…
-¡No la insultes!-Le corto antes de que pueda
decir nada.
-¿Y por qué no debería hacerlo? Es verdad, me
dice que no quiere nada conmigo y a los dos minutos se está besando con ese
imbécil. Venga, vámonos.
-No, yo quiero ir a buscarla. Nunca imaginé
que fueras así.
-Haz lo que quieras, pero recuerda que
fuiste tú la que viniste corriendo cuando te llamé-dice antes de irse, sin
siquiera mirar atrás-.
Esas palabras retumban en mi cabeza, hacen
eco y empieza a dolerme mucho. Sí, es verdad, fui yo la que acudí a su llamada.
Podía haberle dicho que no, simplemente pensar que había algo raro. Pero no, no
lo hice, y ahora mismo me odio por ello. Sé lo que vendrá ahora, los insultos
de la gente, palabras no demasiado agradables que tendré que soportar, pero en
ese momento eso no me importa, lo único que quiero es encontrar la manera de
hablar con Paula, de explicarle todo, todo lo que llevo sintiendo desde hace
tres años y que nunca he sido capaz de confesar, algo que sé que no será nada
fácil.
lunes, 21 de enero de 2013
11.
Salgo casi corriendo de la habitación del
hospital. No es que no me guste estar con Marcos, no, no es eso. Pero nunca me
han gustado mucho esos lugares, llenos de gente enferma, pero sobretodo, llenos
de sufrimiento y malestar, eso es lo que más me duele, pues sé lo que se siente
y no es fácil llevarlo. Recorro rápidamente el pasillo en el que se encuentra
mi habitación y llego a una puerta que da a unas escaleras. La abro y comienzo
a bajar sin pensar realmente en nada. He bajado dos pisos cuando me choco con
alguien.
-¡Lo siento! No te había visto-dice alguien
con la voz entrecortada-.
Me levanto del suelo frotándome la rodilla
derecha, donde me imagino que habrá un gran moratón. Al levantar la vista veo a
una chica rubia que se seca las lágrimas que surcan sus mejillas. ¿De qué me
suena esa chica? ¡Claro! ¡Julia!
-¡Julia! ¿Qué te pasa?
En ese momento me olvido de todo lo que se
suponía que tenía contra ella. Solo veo a una chica que lo está pasando mal,
que está llorando en las escaleras de un hospital, a alguien frágil que puede
romperse en mil pedazos en cuestión de segundos. Al principio no me reconoce, y
noto que se extraña de que sepa su nombre.
-Paula, lo siento no me había dado cuenta de
que eras tú.
-Ya, bueno no pasa nada. ¿Qué te pasa a
ti?-Le pregunto por segunda vez.
Me mira a los ojos. Quizá decidiendo si
contármelo o no, si confiar en alguien a quien apenas conoce. Entonces vuelve a
echarse a llorar. La abrazo, ya que no sé qué otra cosa hacer, nunca se me ha
dado muy bien eso de consolar. Le acaricio el pelo hasta que por fin se calma,
y nos sentamos en los peldaños de las escaleras.
-Lo siento, Paula.
-¿Qué? No tienes que disculparte por nada.
-Sé que no te caigo muy bien, cuando Lucía nos
presentó lo noté, pero yo quiero llevarme bien contigo, en serio. Y necesito
hablar con alguien. Estoy lejos de casa y no puedo de verdad, no puedo más…
-Habla conmigo-las palabras salen de mi boca
solas, como si ni siquiera las hubiera pensado-.
-No, no quiero aburrirte con mis problemas.
-Venga, cuéntamelo,
te ayudará a sentirte mejor, ya verás.
Al final accede a contarme lo que le pasa y
no puedo ocultar mi asombro ante la historia que me cuenta. Al parecer tiene un
hermano pequeño, de unos cuatro años, que tiene una rara enfermedad de la que
no consigo quedarme con el nombre. Este es el único hospital en el que pueden
darle tratamiento, pero las pruebas que le han hecho no tienen muy buenos
resultados. Julia dejó todo en Madrid, a sus amigos, sus sueños y a su novio,
pero no parece importarle con tal de que su hermano se recupere. Me quedó tan
asombrada al final que no me doy cuenta de que ha acabado.
-¿Paula? ¿Estás bien?-Me pregunta pasando una
mano por delante de mi cara.
-Sí, sí. Es solo que…
No sé, nunca me lo habría imaginado. Lo siento, pero pareces el tipo de chica
que tiene la vida resuelta, muy segura de sí misma y por la que todos
babean-bajo la mirada ante la vergüenza que me da decirle eso, viendo lo
equivocada que estaba-.
-No, para nada-me dice sonriendo-. ¿Yo segura?
No… Y solo he tenido un novio, al que quiero con locura, pero tengo miedo de
que acabe olvidándose de mí.
-No te olvidará, ya verás. Y lo de tu hermano…
Si necesitas cualquier cosa, puedes contar conmigo, ¿vale?
-Gracias, Paula, eres genial.
Seguimos hablando hasta que recibo un mensaje
de Marcos: ‘Ven a la habitación. Ya.’ Me asusta un poco que sea tan directo y no de muchas explicaciones,
¿habrá pasado algo? Me despido de Julia y recorro el camino de antes pensando
que habrá podido pasar para que me pida que vuelva. Al llegar no doy crédito a
lo que veo, ¿qué hacen ellos allí?
-¿Qué hacéis aquí?-Pregunto sin ni si quiera
saludarles, a mi modo de verlo, no se lo merecen.
Lucía tiene los ojos rojos, como si hubiera
estado llorando largo rato, pero eso no consigue disminuir todo lo malo que
pienso sobre ella. Lucas, sin embargo, está quieto a su lado, con sus manos
metidas en los bolsillos y mira a Marcos con desprecio, lo que, extrañamente,
me molesta.
-Paula, tu madre nos
dijo lo que había pasado, hemos venido a verte-dice Lucía con mirada
suplicante-.
-Aunque parece que ya
le tienes a él para hacerte compañía-me dice Lucas señalando a Marcos-.
-Pues claro que me
tiene a mí, al menos la he tratado bien y me he preocupado por ella, no como
habéis hecho vosotros-le dice Marcos elevando el tono-.
-Cada uno tiene lo
que se merece-dice Lucas mirándome con asco, ¿dónde estaba el chico del que me
enamoré?
-Eres un imbécil-le
grita Marcos, que va hacía él-.
Veo sus intenciones y corro hacia él antes de
que pueda pegar a Lucas. Le cojo de la mano y le hago salir de la habitación.
No miro atrás y traspaso las puertas del hospital. Me acuerdo de que mi madre
iba a venir, así que le mando un mensaje diciendo que voy a casa. Cuando por
fin hemos salido, me siento en uno de los bancos que hay a la salida y le hago
sentarse a mi lado.
-Paula, lo siento. No le iba a pegar te lo
juro, solo que cuando ha dicho eso… No he podido contenerme.
-¿Por qué Marcos? ¿Por qué has venido? ¿Por
qué te has puesto así cuando Lucas ha dicho eso? Es que no lo entiendo…-Digo
mirando al infinito.
-Desde el momento en que te vi, no sé, siento
que tengo que estar contigo, que lo necesito, que no puedo dejar que nadie te
haga daño, porque me duele. No sé que tiene Paulita, pero me he enamorado de
ello. A lo mejor piensas que soy idiota, que no tengo ni idea de lo que es el
amor y no puedo enamorarme de alguien a quien casi ni conozco, pero es así. Ya
está, no hay más.
Le miro a los ojos para saber si está diciendo
la verdad. Y no sé porque, si por que haya tenido el valor de decírmelo, si por
lo que pretendía hacerle a Lucas, si por todo lo que ha dicho desde que le he
conocido, le beso. Poco a poco nuestros labios se juntan y se convierte en el
momento más irreal que he vivido nunca, pero también, el más auténtico.
martes, 15 de enero de 2013
10.
No puedo creer lo que estoy viendo. No, no puede
ser cierto. ¡Imposible! Mis ojos tenían que estar mandando una información errónea
a mi cerebro. Lucho por encontrar una respuesta a aquello, un motivo o algo que
no me hiciera tanto daño, todo tiene que tener una explicación, pero en ese
momento no puedo pensar con demasiada claridad.
Estoy quieta en el umbral de la puerta y
Lucas y Lucía me miran sorprendidos desde la cama, donde están abrazados. No
entiendo nada y mi cabeza está llena de pensamientos que se cruzan los unos con
los otros intentando dar con una explicación que no parece llegar.
-Paula… Yo…Lo…-Dice Lucía desenganchándose
de Lucas y viniendo a mi encuentro cuando por fin reacciona.
Pero no consigo oír lo que sigue diciendo,
ya que salgo de allí lo más rápido que me permiten mis piernas. No pienso en
nada que no sea huir. Siento que me asfixio, el aire no llega a mis pulmones
con regularidad y estoy demasiado nerviosa como para intentar respirar bien. No
sé como llego a la calle, pero el aire que me da en la cara no es suficiente
como para ayudarme en algo. Mi respiración sigue agitada y cada vez me cuesta
más. Siento que en breves me desmallaré y no tengo ganas de seguir luchando, de
intentar salir de esa niebla que se apodera de mí y no me deja ver nada. Noto
que me abalanzo sobre alguien, aunque no alcanzo a ver de quien se trata, solo
noto sus manos en brazos para impedir que me caiga.
Poco a poco siento que la presión que tan fuerte
me oprimía el pecho se va yendo… Y voy abriendo los ojos, con miedo, pues
siento que estoy tumbada sobre algo cómodo y bastante suave, ¿dónde estoy? Al
final consigo ver a mi alrededor, estoy en un hospital, pero, ¿cómo he llegado
hasta allí? Una puerta que hay enfrente de la cama se abre y sale un chico alto
y rubio…
-¡Vaya! Parece que ya te has despertado
dormilona-me dice Marcos saliendo de donde me imagino que es el baño y
sentándose en un sillón al lado de mi cama-. ¿Cómo te encuentras, preciosa?
-Pero, ¿qué ha pasado? ¿Por qué estoy aquí?
¿Y qué haces tú aquí? ¡¿Qué pasa Marcos!?
-Eh, tranquila… Por lo que me han contado
tuviste un ataque de ansiedad bastante fuerte en la calle y alguien llamó a una
ambulancia, cogieron tu móvil para llamar a alguien y como mi número era el
último registrado, me llamaron a mí. Pero tranquila, que cuando me lo dieron
llamé a tu madre, ya viene-dice tocándome el pelo de una forma que me encanta,
mientras sus preciosos ojos azules me hipnotizan-.
-Está bien…-Le digo mirándola embobada.
Poco a poco llegan a mi mente todos los
recuerdos de casa de Lucas. Como vi a Lucía y Lucas abrazados sobre su cama,
riéndose hasta que repararon en mi presencia. No sé si tengo verdadero derecho
a enfadarme, pues fui yo quien le dije que no quería nada más, pero fue él
quien dijo que me quería, ¡me quería! Y en apenas tres horas ya estaba con
otra, y para colmo, mi mejor amiga. Deseaba que ese día acabara, que terminara
de una vez. Por enésima vez por hoy, lágrimas empezaron a brotarme de los ojos,
sin control alguno.
-¿Qué pasa? No llores…-Dice Marcos una y otra
vez sin entender qué es lo que realmente me pasa.
Decido contárselo, ya que ha ido al hospital
aunque no tenía obligación, ha ido allí solo para estar conmigo, ha respondido
a mi llamada, aunque no la hubiera hecho yo. Me sorprendo de su reacción,
empieza a insultar a Lucas como si la vida le fuera en ello, y por una parte me
reconforta. También es raro ver que se enfade tanto, en fin, apenas me conoce,
¿será verdad que siente algo por mí? ¿Algo tan fuerte como para ir a verme al hospital,
preocuparse por mí y enfadarse con quien me ha hecho sufrir? Pero la verdadera
pregunta es, ¿qué siento yo por ese chico?
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