miércoles, 23 de octubre de 2013

17.

   Cada mechón de mi pelo lleva su propio camino, aunque todos se mueven a una al ser mecidos por el viento. Tengo esa sensación de libertad plena que solo me produce este deporte. Siento como mi corazón acelera su ritmo y las pulsaciones van a más y a más, como si no pudieran detenerse. Un pinchazo empieza a hacerse notable en mi tobillo. A la vez que mi pulso, el dolor va subiendo, imposible de parar. Sin embargo no me detengo, quiero saber hasta dónde soy capaz de llegar. Quiero conocer mi límite.
   La velocidad aumenta, mis piernas se mueven más rápido que nunca. Aún así el dolor me frena, me va quitando posibilidades y sin quererlo, paro con un golpe seco que me corta la respiración unos segundos. Me doble y apoyo las manos sobre las rodillas. Doy grandes bocanadas de aire. Estoy exhausta. Presto tanta atención a no caerme que no me doy apenas cuenta de que el dolor al fin ha cesado.
    Levanto la cabeza con un movimiento lento cuando empiezo a notar pequeñas gotas que caen sobre mi cabeza, incansables. A la vez, el viento que antes levantaba mi pelo se vuelve más fuerte, como si deseara tirarme con rabia. Me refugio en un portal cercano y examino la zona. Me he desviado bastante de mi camino original, debido a la larga carrera recorrida. Miro de un lado de la calle a otro y reconozco el portal de Eva. Decido probar suerte y llamar, al ver que la lluvia no tiene intención de parar.
     *riiiiiiiiiing, riiiiiiiiiing*
5 minutos. 10 minutos.
     *riiiiiiiiiiiing, riiiiiiiing, riiiiiiiing*
   Desisto de llamar más y cuando voy a buscar el camino de vuelta a casa, la puerta se abre con un chirrido desagradable para mis oídos. Me meto dentro con toda la rapidez que me permite mi ropa empapada. Entro en el ascensor con desgana, nunca me han gustado. Demasiado estrechos. Demasiadas posibilidades de que pase algo. Dentro, un niño que va a bajar me mira con curiosidad, y recuerdo esos momentos en los que las ganas de saberlo todo ocupaban los míos. Pero, de una manera u otra, aprendes que a veces es mejor no saber nada.
    -¿Eva? ¿Hola?-Pregunto al llegar.
    -¿Paula? ¿Eres tú?
   La voz me llega desde el fondo de la casa en la que tantas veces he estado. Sigo su procedencia y llego hasta el cuarto de mi amiga. Todos sus muebles, desde la cama hasta el gran armario que preside la habitación, están recubiertos con un plástico transparente. Eva, por su parte, va vestida con un mono vaquero y un gracioso pañuelo en el que están recogidas sus dos trenzas. Pincel en mano, viene a saludarme con una sonrisa.
   -¿Se puede saber qué estás haciendo?-Le digo sin evitar soltar una carcajada.
   -Sí, sí, tú ríete, ya verás lo bien que va a quedar esto-mira a su alrededor contemplando su "obra maestra" y añade:-cuando esté acabado.
   -Claro, cuando esté terminado, pero por ahora esto es un desastre.
    Echo un vistazo a su habitación y veo un bloc enorme en el que hay unos bocetos de extraños dibujos. No consigo descifrar lo que significan. Parecen flores. O quizá animales. O puede que simplemente estén hechos al azar. Eso es, sin duda, algo que Eva y Lucía comparten, su pasión por el arte. Yo, sin embargo, no pasé de hacer soles en la esquina de la hoja cuando era pequeña.
    -Así quedará. ¿Te gusta?
    Coge el bloc que estaba mirando y lo pone delante mío, de manera que veo la pared blanca detrás. Poco a poco me imagino los colores que querrá utilizar, el lugar en el que irá cada mueble, cada dibujo. Perfecta armonía.
   -Es impresionanre Eva, en serio-y lo cierto es que es verdad, no puedo contener mi asombro cada vez que me enseña algo así-.
   Un 'gracias' sale de su boca como en un susurro. A pesar de que sabe lo bien que se le da esto, sigue sin buscar reconocimiento.
    -Bueno, ¿qué tal? ¿Qué haces aquí? ¿Y esas pintas?
    -Estaba corriendo y ha empezado a llover... ¿Tan mal voy?
  -Mal, mal... no. Digamos que aunque me pintara de arriba abajo metiendo las manos en ese cubo de pintura, estaría mejor que tú.
     Dicho lo cual sale corriendo. La persigo por toda la casa gritando cosas que ni yo misma entiendo. Al final las dos caemos rendidas en el sofá, pero las risas no cesan, y tengo miedo de caerme, lo que me produce aún más carcajadas. Al cabo del tiempo nos quedamos las dos en silencio. Mi mirada está pedida en una ventana que está entreabierta. Uno, dos, una rama choca contra ella. Uno, dos, otro más. Uno, dos, el sonido se repite.
       -¿En qué piensas?
    Sus palabras me traen de vuelta a la realidad y parpadeo un par de veces.
      -Mmmm... en nada.
      -¡Ay! Lo había olvidado, Lucía me había dejado una nota por si hablaba contigo, espera.
    Eva se levanta del sofá y corre hacia su habitación dando saltos como una niña pequeña. No me muevo, ni siquiera contemplo esa posibilidad. Me quedo mirando al vacío, pregunándome qué querrá decirme..

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