viernes, 8 de febrero de 2013

13.


  Marcos y yo llegamos corriendo a una parada de autobús, y subimos al primero que llega, sin ni siquiera mirar cuál es o a dónde nos va a llevar. Vamos hasta la parte de atrás y nos sentamos en los primeros asientos que vemos libres.
   -¿Estás seguro de que este bus nos lleva a mi casa?-Le pregunto con un poco de pánico, siempre he tenido ese miedo tonto de acabar en la otra parte de la ciudad y no saber cómo volver.
   -¿Conoces ese dicho de que todos los caminos llevan a Roma? Pues todos los autobuses llevan a tu casa-me dice riendo-.
   -Buf, te odio-digo sin poder reprimir una sonrisa-.
  -Sé que no me odias, que en el fondo, aunque sea muy en el fondo, sientes algo bonito por mí. Y no pararé de gritarlo hasta que lo digas.
  Pienso que está loco, que no es del todo normal, o que le falta algo en esa cabeza. Me gustaría saber que está pensando en algunos momentos, qué siente y por qué hace cada cosa que hace. Como ahora, ¿enserio va a gritar? No, no será capaz, en verdad sabes que solo lo dice para que le digas algo, que no va a gritar ni a hacer ninguna tontería.
  Pero entonces… ¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¿Qué es eso? No consigo entender lo que dice. Me giro hacia la derecha y veo a Marcos medio levantado gritando como un loco. ¿Pero qué hace? La gente nos empieza a mirar de mala manera, y eso me incomoda mucho. Noto como mis mejillas arden y me imagino lo roja que debo estar. ¿Qué hago para que se calle?
  -Marcos, calla por favor, Marcos…-Pero lo único que consigo es que grite aún más fuerte.
  Sigue gritando cuando yo me tapo la cara con las manos, aunque sigo notando sus miradas clavadas en mí y en el demente que tengo al lado. Entonces los chillidos cesan y oigo una voz suave en mi oído: ‘Ya está, ya me callo, ¿ves? Pero, ¿te puedo pedir una cosa? Le miro a los ojos intentando adivinar lo que quiere, cuando veo que uno de sus dedos está sobre sus labios, y casi instintivamente, me acerco a ellos como por un impulso.
  Vuelvo a experimentar esa agradable sensación de hace un momento, y no quiero que se acabe. Entonces noto un leve cosquilleo en mis labios e imagino que debe estar diciendo algo en ellos, si es que eso puede hacerse. Intento descifrar lo que dice, pero no entiendo nada, así que se separa y empieza a dibujar en la ventana, pero no me deja ver lo que pone.
  -Ven, esta es nuestra parada-me dice cogiéndome la mano-.
   Bajamos del autobús y Marcos empieza a correr hacia él de nuevo. ¿Qué se supone que hace? Aún estoy cogida de su mano, así que yo voy detrás. El bus se para y me pone enfrente de la ventana en la que estaban nuestros asientos. Los ojos se me humedecen y me giro casi al instante. Mientras, el bus se va con la promesa de un enamorado, de alguien que ha encontrado lo que siempre andaba buscando. Con un precioso: ‘Yo nunca te haré daño.’
  Caminamos hasta llegar a mi puerta. Es raro, pero siento que no ha pasado apenas tiempo desde que hemos estado allí esa misma tarde, pero es obvio que muchas, muchísimas cosas han cambiado. Me despido de Marcos, prometiéndole antes que le llamaré a la mañana siguiente. Antes de marcharme escaleras arriba, le doy un beso y corro sin mirar atrás, como la primera vez.
  Subo las escaleras a la carrera, quizá por la adrenalina del día, por las experiencias vividas, por todo lo que he podido aprender o con eso de, de los errores se aprende, no sé, solo sé que en ese momento estoy eufórica. Llego a la puerta de casa y llamo dos veces al timbre. Sin girarme, haciendo como si la puerta del otro lado del pasillo no existiera.
  Mi madre abre, y casi al instante me abraza. Noto algunas lágrimas en mi hombro y empieza a decir cosas en un susurro. ‘Hija, por fin estás aquí. ‘Estaba muy preocupada. ‘No vuelvas a hacerme esto.’ Y cosas por el estilo.
  Entro en casa y veo a Alex, el padre de Lucas, a Raquel, su madre y a él, sentados en el sofá. No puedo apartar mi mirada de la suya, que parece que me desafíe, que espere que diga algo para meterse conmigo, una mirada que nunca antes había visto en él.
  -Paula, cariño, ¿estás bien?-Me dice Raquel con esa voz tan dulce.- Lucas nos ha contado que ha ido al hospital pero que no ha podido hablar contigo, que ya te habías ido o algo así.
   ¿Así que eso es lo que ha dicho? En verdad, no debería sorprenderme, después de todo lo que he podido ver hoy de él. Algo así como un, ‘Sí, pero ya estoy mejor, adiós.’, sale de mi boca, antes de que me dirija hacia la puerta de mi habitación. Ese es el último lugar en el que quiero estar. Sé que luego vendrá mi madre, diciendo que había sido maleducada al irme de allí, pero en ese momento no es que me importe demasiado.
   Me tumbo en la cama antes de cerrar la puerta del todo. Cojo el móvil y me sorprendo al ver 12 llamadas perdidas de Lucía. También hay un mensaje suyo, pienso en no abrirlo, en no darle la ocasión de explicarle, pero no sería justo y además, la curiosidad me puede. Y leo:
  ‘Paula, puede que no leas esto, pero tienes que dejar que me explique. No sabes lo que han sido estos años oyéndote hablar tan bien de Lucas, decir lo maravilloso y lo bueno que era contigo, y supongo que algo comenzó a crecer en mí. La envidia de que tú tuvieras esa conexión tan especial con alguien. Y supongo que poco a poco fui enamorándome de Lucas, a pesar de estar siempre en un segundo plano para él. Y hoy cuando por fin os habéis decidido a empezar algo me he dado cuenta de que yo no soy nada ni nadie ahí, pero esta tarde, cuando me ha llamado, solo he pensado en ir a sus brazos. Entiendo que estés muy molesta conmigo, porque lo hice mal. Pero te suplico que me perdones, me he dado cuenta de que sin ti no soy la misma. Me gustaría verte mañana y que hablemos de esto. Si quieres dejar que te lo explique todo mejor, ves a donde siempre a las once. Te esperaré lo que haga falta. Lucía.’

  





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