sábado, 29 de diciembre de 2012

4.


    Como cada día, cojo mi almuerzo y salgo al parque de al lado del instituto. Me siento en mi banco de siempre y espero a Lucía. Abro la bolsita y saco un paquete de rosquilletas. Me encantan. Voy a abrirlas cuando veo una pequeña nota pegada, en la que pone: “Felicidades otra vez, cariño. Lucas me ha dicho que os iréis juntos después de clase. Por cierto, no estaré en casa. Un beso, mamá. Me río sola. Hay que ver, hasta mi madre piensa que hay algo entre nosotros. Lo que no tengo claro es si yo quiero que pase o que si quiera tenga la oportunidad. Mientras estoy en mi mundo, noto unas manos que me abrazan por detrás del banco y unos labios en mi  mejilla. Lucía.
   -Felicidades, preciosa-me dice al oído-.
   Quita sus brazos y se sienta a mi lado en el banco. Empezamos a hablar de cosas sin sentido, tonterías. Y me río, me río muchísimo, algo que solo ella consigue. Es una persona alucinante. Siempre está ahí para todo lo que necesito, soporta mis mil y una dudas sobre mi relación con Lucas. Y no se queja, nunca, me parece increíble. Por eso y por muchísimas razones más, se convirtió en mi mejor amiga, mi hermana, mi persona, desde que empezamos el instituto.
   Seguimos hablando cuando llegan tres personas que son todo lo contrario a Lucía. Sara, Elena y Mara. Para mí serían el mal personificado, aunque quizá eso sería pasarse, o puede que no. En serio, no las aguanto. Y, ¿cómo no? Ya están aquí para molestarnos.
      -Mirad, si son las dos marginadas del instituto-les dice Elena a las otras.
     -Y ahora, ¿qué? ¿Pretendes que nos riamos?-Le dice Lucía mientras yo me refugio detrás de ella.
  No me gustan las peleas, ni los gritos y menos que vayan dirigidos a mí. Al menos Lucía es fuerte, y capaz de enfrentarse a ellas, cosa que yo no sería capaz de hacer nunca.
    -Tú, ¿no era tu cumpleaños? Ten, tu regalo-y me lanzan una bolsa llena de agua antes de irse, riéndose de mí. Tengo la suerte de que esta limpia, aunque muy fría.
   Me voy corriendo con las lágrimas saliendo de mis ojos sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Me encierro en uno de los baños y empiezo a llorar a más no poder, preguntándome qué he hecho mal, por qué me odian tanto o por qué me tratan de ese modo. Al rato oigo que alguien da golpecitos a la puerta…
  -Princesa…


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