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No sé qué hacer, ni
qué sentir. Pero eso es lo que menos me preocupa en ese momento. Lo peor,
sin duda, es que no sé qué decir.
¿Sabéis esos silencios que se te hacen eternos? ¿Esos silencios tan incómodos?
Pues digamos que es algo así, aunque hacen apenas unos minutos que hemos
entrado en la cafetería.
Lucía tiene los ojos
rojos, y bastante hinchados, había intentado taparlo con maquillaje, pero eso no
fue nunca su fuerte. Me sentía mal, ¿había llorado por mi culpa? No, yo en
ningún había querido eso, nada más lejos de la verdad. Bueno, puede que en
algún momento hubiera tenido pensamientos no demasiados buenos, pero no eran de
verdad, o eso pienso.
Los segundos se
suceden los unos a los otros, pero lenta, muy lentamente. Mi respiración se
acelera, y no entiendo el motivo de que esté tan nerviosa. En ese momento
siento una mano sobre la mano, y reacciono casi al instante. Marcos me está llamando,
y al parecer, desde hace un buen rato. Me giro instintivamente hacia él y contemplo
su preciosa sonrisa.
-Eh, Paulita, voy a
por algo para beber, ¿quieres algo?
-¿Cómo? ¿Eh? No, no gracias,
estoy bi-bien-consigo decir al fin-.
Marcos se va y la
situación empeora, Lucía me mira a los ojos, como rogándome que me digas algo, pero
lo cierto es que no tengo idea. Noto pequeñas lágrimas caer por mis mejillas
rápidamente, haciendo una especie de carrera por llegar hasta abajo. Ni
siquiera sé por qué lloro, pero en ese momento no busco respuesta a por qué las
cosas son como son, sólo puedo llorar. No espero nada, así que agacho la cabeza
y la apoyo sobre los brazos, de modo que no me puedan ver la cara.
Pero al poco rato
siento unos brazos que me rodean, y unos labios sobre mi oído. Pienso que es
Marcos, que al haberme visto así, habrá venido. Pero la dulce voz que oigo no
es suya. Es esa voz que tantas veces he oído, esa voz que tanta tranquilidad me
ha dado siempre. Lucía.
-Paula… lo siento…
por todo…-Noto como la voz se le quiebra y deja de hablar-.
-Lo siento Lucía,
ahora no puedo, lo siento de verdad-Me levanto sin ni siquiera mirarla a los
ojos, realmente soy incapaz de hacerlo-.
Salgo de la
cafetería sin esperar su reacción, sin esperar a Marcos, nada, no quiero, pero
más que eso no puedo. Empiezo a caminar mirando al suelo, y viendo como las
lágrimas que caen sobre la calle dejan huella en ella. ¿Por qué las cosas son
así de repente? Era ayer cuando cumplía 15 años y mi mejor amigo me mandaba un
mensaje, cuando las brujas esas me decían ese tipo de cosas y mi mejor amiga me
defendía. Cuando conseguí desvelarle todo lo que sentía al que yo pensaba como ‘el
amor de mi vida’.
¿Por qué ha cambiado
todo tanto en cuestión de horas? No veo nada bueno, no veo luz al final del
túnel, no veo la posibilidad de que algo salga bien después de eso. Una idea
pasa por mi cabeza un momento, pero en seguida me doy cuenta de la tontería que
acabo de pensar. No, esa no es si quiera una opción posible.
No me he dado
cuenta de todo lo que he andado cuando me paro y no reconozco esa zona. Saco el
móvil que había mantenido apagado y veo como se enciende poco a poco. Hay una
llamada perdida de Eva y una llamada entra en ese mismo momento, no doy tiempo
a que la música siga sonando y lo cojo.
-¿Si?-Yo misma me
sorprendo de lo entera que parece mi voz.
-¡Paula! ¿Dónde estás?
Se le nota
preocupado, quizá no tendría que haberme ido de esa forma, tendría que haberle
dicho algo antes.
-Emmm… pues… La
verdad es que no lo sé, Marcos. Pero no te preocupes, estoy bien, me iré a casa
ahora.
No le doy tiempo a
responder, sino que cuelgo y apago el móvil de nuevo. No tengo ganas de nada,
ni de hablar con él. Y en ese momento me doy cuenta de que eso es lo único
bueno que el universo me ha dado en el último día, él, Marcos. Llego una parada
de autobús y reconozco el que siempre uso para ir a casa de Eva, es decir, que
me deja cerca de casa. No tarda demasiado en llegar y cuando lo hace camino
hasta el final, de espaldas a todos y me siento. Cojo el móvil de nuevo, pero
no me molesto en mirar los mensajes de Marcos que suman seis. Conecto los
auriculares y pulso la opción de reproducción automática, y la voz de Taylor Swift
llega a mis oídos. La melodía es lenta, simplemente perfecta…
‘I’m not a princess, this ain’t a fairy tale’
Esa frase, ese estribillo
infinitamente perfecto. Canto la canción en un susurro mientras soy consciente
de todo. Una señora mayor se sube en la parada siguiente y se sienta a mi lado. Tiene pinta de tener unos sesenta
años, y tiene la típica sonrisa de alguien que ha vivido mucho pero no recuerda
todo. Solo falta una parada para llegar a la mía, así que me pongo de pie y voy
hacia la puerta intentando no caerme.
-¿Por qué has
llorado?
-¿Disculpe?-Me quito
los auriculares y miro de nuevo a la señora.
-Decía, que por qué
habías llorado.
-Eh… No, no he
llorado…-Digo mirando al suelo.
Paula, eres tonta,
¿desde cuándo se te ha dado bien mentir? La señora suelta una sonora carcajada
y me mira con ternura, todo esto es muy raro.
-Cuando has vivido
tanto tiempo como yo, aprendes que las lágrimas se notan después de haberlas
derramado, pero que, en cambio, nadie se da cuenta de cuando has sonreído. Solo
te digo, que las cosas no duran tanto como crees, disfrútalas.
Llego a mi parada y
bajo después de agradecerle a la señora su consejo. Aún sigo extrañada con lo
que me ha dicho, y sobre todo, por qué lo ha hecho. Subo a casa y compruebo que
no hay nadie, tanto en mi casa como en la de en frente. Voy a mi habitación y
me cambio rápidamente. Me ato las zapatillas y salgo en menos de diez minutos.
Aquella es mi
verdadera pasión, lo que me llena, lo que me hace sentir libre. Todos esos
sentimientos que se juntan en una sola palabra, correr. Salgo a la calle y
recorro el mismo camino que siempre, hasta llegar a una gran parque, no hay
mucha gente, lo cual agradezco, y empiezo mi liberación.
No tengo una dirección
fija, solo corro hacía donde el corazón y mis sentimientos me mandan. Pero eso
es lo que me hace sentir bien, lo que me hace sentir yo. Y por un momento, me
siento feliz y sonrío. Esa señora tenía razón, tengo que aprovecharlo todo al
máximo, porque de una manera u otra, todo se acaba.